
A la orilla del río, sentada en la hierba, debajo de un chopo justo al lado de la junquera, mí sitio favorito para contemplar un atardecer.
En silencio contemplo el camino del río, su lindo murmullo al pasar. Sus aguas reflejan el sol del atardecer, y él se lo agradece al agua transformándola en un espejo de reflejos dorados.
Una leve brisa mueve con delicadeza la junquera, y los juncos responden con un bailecito acompasado como los mejores bailarines.
Sigo contemplando el cielo, los colores cambiantes de la tarde hasta el anochecer. Este silencio acompaña a mis pensamientos que por fin viajan libres y sin ataduras.
Sin esperarlo de nuevo un pequeño golpe de viento mueve las copas de la chopera y todas las hojas comienzan a hablar un lenguaje que no comprendí pero que me recordó que los árboles aunque tan hieráticos están vivos.
El anochecer llegó, las libélulas desaparecieron de la orilla y al marcharme poco a poco, los grillos comenzaron su cántico, yo simplemente les dije hasta mañana.
Blanka
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