


2ª Parte
A altas horas de esa noche Curithir puso una piedra en una hoguera y más tarde la envolvió en una manta y la introdujo en su cama. El frío de la noche lo mantuvo despierto, pero al final consiguió conservar el calor del cuerpo y sintió fatiga. Cuando se durmió tuvo un sueño. En él, entraba en una iglesia en la que de nuevo se encontraba a la mujer que había visto tocando el arpa. El lugar estaba a oscuras, pero de la propia figura emanaba un fulgor. Cerca de ella, formando un círculo, había arrodillados doce monjes que, ocultos sus rostros tras las capuchas, entonaban un cántico.

Curithir alzó la mirada y vio pasar por arriba un barco como si se encontrara bajo el mar. Uno de sus tripulantes contempló aquella enorme estancia. En ese momento apareció, como si descendiera por el agua, un ancla adornada de esmeraldas y rubíes, posándose con suavidad sobre el suelo. Sonó como un chapoteo arriba y descendió el marinero, moviéndose por el aire como si nadase. Recogió el ancla e hizo una seña a Curithir.
Tiene su morada alrededor del Cielo,
de la Tierra y del Mar y de cuanto en ellos hay.
Todo lo inspira, todo lo aviva,
todo lo domina, todo lo mantiene,
alumbra la luz del Sol y de las Estrellas
en ayuda de las luces más grandes.

Curithir miró a la mujer y ella sonrió, pero no en señal de bienvenida; su rostro se volvió hacia él, pero no lo vio y el marinero se marchó llevando consigo el ancla.

Al despertar, anheló de inmediato volver a encontrarse en la estancia de su sueño. Se desperezó y salió a caminar bajo las estrellas.

Se alejó de su choza hasta que surgió en oriente una cenefa de luz y cantaron juntas las estrellas del alba. Se frotó las manos, pues el aire era frío; el otoño había jugado su baza cubriendo de tonos dorados los árboles. Curithir siguió caminando hacia el este.
Esa misma mañana Imchach el Eremita llegó presuroso al albergue de los guerreros en Temair e hizo sonar tres veces la campana de bronce para despertarlos. Imchach gritó:
"¡Diez barcos noruegos en Benn Etair... en el horizonte!"
El rey Rinnich ordenó al instante:
"Aprestaos para la batalla y que todos los que puedan se dirijan a la costa".
El rey Rinnich fue debajo del gran salón a la armería de Temair, una estancia con el suelo de tierra en la que se guardaban barriles de vino galo y de una bebida negra como el carbón. Mucho se engañan quienes no consideran que la pericia viene de Dios y oscura es la mente de quien se cree capaz de controlarla. En la herrumbre apolillada de su mente, Rinnich creía que la gran pericia de Curithir provenía del torque de oro y que podría pasar a quien lo poseyera.
Los guerreros, encabezados por el rey Rinnich, se marcharon en dirección a la costa. Antes de marcharse, Scathach dijo a muchos muchachos demasiado jóvenes para luchar que buscasen a Curithir y lo convenciesen para que los ayudara en la guerra.
Esa tarde Curithir llegó a la misma pequeña iglesia en que había visto a la arpista. Entró y la vio en su interior, de pie entre las sombras. Sobresaltado, le preguntó:
"¿Eres un ángel de Dios?".
Ella avanzó hacia la luz que penetraba por una puerta y sonrió.
"No soy ningún ángel. Soy Liadain, arpista de Cain Bile, procedente de la Cascada Roja de Es Ruaid. Te he visto en sueños".
"También yo a ti -dijo Curithir-. En sueños he visto un hermoso país por el que a menudo he deambulado". Curithir la contempló y la encontró inmaculada.
Juntos estaban ya y juntos permanecieron. Abandonaron la iglesia y caminaron por los campos cruzando varios ríos. Conversaron sin halagos ni vanidad y sin sentir el menor cansancio. Jamás hubo dos personas que se sintiesen tan atraídas al conocerse.
A medianoche llegaron a un claro del bosque en el que cantaba un solitario ruiseñor. Separados tan sólo por el aire otoñal, él la besó y la callada luz de las estrellas se perfiló con nitidez sobre la cúpula negra cel cielo.

Por la mañana un muchacho vio a Curithir junto a la iglesia y corrió alborozado para hablarle de la batalla de Benn Etair. Curithir dijo entonces a Liadain:
"Puesto que he jurado vengar la muerte de mi padre, debo ir. ¿Me esperarás?".
"Te esperaré, si Dios quiere", contestó Liadain y Curithir echó a correr por el campo. Ignoraba cuándo podría volver a verla.
Liadain le gritó:
"¡Recuerda que debes seguir con vida!"
A continuación se dirigió a su pabellón, adornado con flores y hojas, y salió a una huerta próxima para coger manzanas de finales de otoño.
Cuando Liadain alargó su fina mano para arrancar la primera manzana, oyó en sus adentros la voz de Dios:
El amor verdadero espera. Si el amor no sabe aguardar, es que nunca fue amor. Lo sabrás, pero tan sólo en el momento elegido por mí.
Curithit cabalgó sobre Iala como una exhalación hasta alcanzar a los guerreros de la Rama de Plata a una hora avanzada de la tarde, cuando llegaban ya a Benn Etair. El valle estaba cubierto de una espesa niebla y las cumbres de los cerros parecían islas de un lago.

Acamparon en el interior del valle y, una vez que la noche hubo disipado la niebla, Curithir pudo ver una hoguera enemiga sobre cada colina. Los guerreros de la Rama de Plata estaban rodeados y les llenaba de pesimismo oir el ruido de espadas y el siseo de los vocablos noruegos que llegaban de las colinas.
Por la mañana llegaron del mar al valle unos densos nubarrones de tormenta. Rinnich hizo reunirse a todos, pero Curithir se acercó tranquilamente a Aelai y le entregó su capa y el torque de oro para que los guardase, tras lo cual se escabulló por su cuenta a fin de reconocer el terreno.
El rey Rinnich dijo:
"Estamos rodeados y hemos de rendirnos si queremos mejorar nuestra situación." Tras un momento de duda, añadió:
"Por supuesto, no puedo ser yo el que vaya, pues, si no, ¿quién quedaría al mando?"
"Iré yo", dijo adelantándose un paso
Ecet, a quien llamaban Ala de Cisne.
Los guerreros enjaezaron su montura con bocado y brida de bronce. Ecet se adelantó a caballo y dio tres vueltas en torno al campamento noruego. Desmontó y se acercó a
Mjollnir, el jefe de los vikingos, deponiendo la espada a sus pies. Mjollnir recogió la espada, alzó ambos brazos en ademán victorioso y, sin mediar advertencia, hizo caer la espada sobre el cuello de Ecet, decapitándolo. Antes de que su cabeza dejase de rodar, fue ensartada en la punta de una jabalina como señal de burla ante los enemigos.

Los guerreros de la Rama de Plata se sintieron ultrajados y presentaron batalla de inmediato. Aquella fue la batalla de Benn Etair, aunque se la conoce más como la matanza de Benn Etair, pues por cada guerrero que quedó con vida murieron diez.. Sobre los yelmos cónicos se mellaban las espadas y la tierra oscura quedaba aplastada con los huesos de los guerreros. Caía la lluvia sobre sus corazas y los fulgores azulados de los relámpagos llegaban hasta el suelo entre los combatientes. Los caballos relinchaban con ojos inquietos y temerosos y la sangre se derramaba

caudalosa como la lluvia que caía a raudales del cielo.
Curithir era un mar que se debatía contra un río

y contra la furia airada de cien hombres. Aunque los guerreros de Rinnich lucharon aquella mañana con gran valor, hubieron de afrontar la derrota. Después de la batalla, Curithir se dirigió solo a un recodo del río, donde encontró a Aelai con el rostro hacia arriba y los ojos tan hundidos que parecía que se los hubiera arrancado una grulla. Le habían cortado el cuello y el torque de oro había desaparecido.

Curithir se arrodilló para sacar a Aelai del río de sangre. Al ver en su espalda la empuñadura rota de un puñal, se lo sacó y lo lavó en el río. Lo alzó en dirección al sol y el agua goteó desde la punta de la hoja. Curithir vio que tenía los grabados de su gente y en aquel momento supo con amargura lo que era la traición. Abrazó a Aelai y se echó a llorar. De la capa de Aelai cayó una gema de color púrpura, una amatista,

rechinando contra una piedra del río. Curithir alargó la mano para recogerla y la examinó con admiración. Apretó la gema en su puño y un dolor le recorrió el costado al tiempo que un súbito calor atravesó su mente. Se levantó y vio que lo habían rajado en la batalla y que le corría sangre por la pierna abajo. Alzó la mirada al cielo un instante y cayó desplomado entre los muertos.
FIN 2ª Parte

Montaje y recreación: